El nacimiento de un bebé

Tras nueve meses de espera, se ha producido por fin el encuentro entre la madre y su bebé. Después de dejar el seno materno, donde se sentía seguro y protegido, el bebé tiene que acostumbrarse en un plazo muy breve a un nuevo entorno donde todo es extraño, desde los ruidos hasta ciertas sensaciones.

En esta etapa evolutiva de adaptación, roto el cordón umbilical, la madre continúa siendo un pilar básico en el que el niño se apoya y al que acude siempre. Junto a ella, unido por el mismo ritmo de vida, el bebé va a ir organizando su mundo, en el que, poco a poco, también irán entrando el padre y el resto de la familia. Todos ellos cubren las necesidades afectivas y propician que el pequeño se desarrolle de forma sana y feliz, de modo que más adelante logre acceder a la vida social de forma receptiva y sosegada.

Además del amor y de los cuidados recibidos, del contacto íntimo con los seres que conforman su entorno más cercano, la alimentación -la lactancia, ya sea natural o artificial- va a ser fundamental para el buen desarrollo físico del bebé, y por supuesto, esencial también para la adquisición de unos hábitos sanos que marcarán con el paso de los años la vida sana del niño.

Según las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el amamantamiento exclusivo, es decir, la alimentación sólo a base de leche, puede mantenerse durante cuatro o seis meses.

Si bien, a juzgar por las apariencias, podría afirmarse que durante los primeros meses de vida el bebé se limita a mamar y a dormir, la realidad es muy diferente, pues todo un universo de nuevo cuño se está creando dentro de él.

En efecto, el crecimiento físico del bebé va a ser notablemente rápido, sólo comparable al acelerado ritmo de su evolución psíquica: el recién nacido interioriza no sólo el afecto que recibe, sino toda una serie de pautas de conducta, alimentación e higiene que van a servir de base para los tres primeros años, agotadores pero fascinantes, que le esperan.

Madre e hijo

Durante las primeras semanas, madre e hijo mantienen un mismo ritmo de vida lleno de pequeños hábitos cotidianos que desempeñan un rol fundamental en el desarrollo y bienestar del bebé. Dar de mamar, acunar, bañar, acariciar son actos rituales que la madre repite cada día y constituirán los pilares del futuro aprendizaje del niño. De esta manera el bebé organizará su mundo, en el que el padre y los demás miembros de la familia se integrarán gradualmente.

Madre e hijo han estado íntimamente unidos durante los nueve meses de gestación y, por tanto, desde el mismo momento en que tienen que separarse por el corte del cordón umbilical, es necesario establecer gestos que se conviertan en vínculos de unión como la mirada, las caricias, la voz y los hábitos de higiene o de alimentación. En los primeros meses de vida, el niño se concibe a sí mismo como un todo con su madre, no como un ser diferente. Por eso necesita tener mucho contacto con ella para adquirir un concepto de globalidad corporal. Y es importante que este contacto sea envolvente, es decir, que la superficie de contacto corporal sea lo más amplia posible, ya que el tacto es el sentido más desarrollado en el recién nacido.

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