El niño de un año y sus características

Cuando el niño tiene un año (entre los doce y veinticuatro meses), los progresos son incesantes: andar, hablar… Con las primeras palabras llegan también las primeras características propias de su personalidad: el bebé va tomando conciencia de sí mismo y, a la par que su discurso, va construyendo progresivamente sus rasgos de identidad.

Cumplidos los dos años, el niño es agotador e incansable y difícilmente halla límites a su actividad diaria. Con su tercer cumpleaños está ya preparado para el paso al mundo de la infancia.

El niño de un año ralentiza su crecimiento físico pero, por el contrario, su desarrollo psíquico y motor se hacen mucho más evidentes. El afán de satisfacer la curiosidad por todo lo que le rodea va íntimamente ligado con el deseo de independencia.

El lenguaje constituye una de sus más importantes adquisiciones en esta etapa. Su círculo de relaciones se amplía, sobre todo si ya va a la guardería, pero todavía prefiere la compañía de los adultos a la de los niños de su misma edad. Paralelamente, aumenta su tendencia al desafío y el deseo de imponer sus decisiones para reafirmar su propia personalidad.

EL NIÑO DE UN AÑO

En este segundo año de vida, es decir, de los doce a los veinticuatro meses, la evolución de la talla y el peso es mucho menos espectacular que durante el primer año. El crecimiento corporal parece ralentizarse a favor del desarrollo psíquico y de las diversas habilidades (motoras, manuales, etc.).

Ahora ganará aproximadamente unos 40 g por semana, que se traducen en unos 2 kg por año. La talla también aumentará lentamente (unos 10 cm por año). Además, hay que tener en cuenta que en esta etapa se combinan períodos largos en los que apenas se modifican la talla y el peso con otros mucho más cortos en los que se produce dicho aumento (por ejemplo, tras una enfermedad). Su cuerpo sigue siendo el de un bebé pero la musculatura de sus piernas, conforme va ejercitándose en andar, adquiere mucha más fuerza y sus articulaciones se van enderezando.

Niña de un añoLa habilidad manual se hace especialmente significativa: puede abrir una caja, coger una cuchara, tomar un vaso para beber… Pero la boca sigue siendo su mejor laboratorio de exploraciones, sobre todo teniendo en cuenta que sus encías están muy sensibles a causa de la aparición de los primeros dientes.

En el trimestre que va de los quince a los diecisiete meses, el niño asegura sus primeros avances del año. El que ya ha aprendido a andar gana seguridad en sus pasos. El trepar y el tocarlo todo se convierten en actividades muy tentadoras y que tenderán a opciones a partir de los dieciocho meses. En esta época, actividades como sentarse solo en una silla, agacharse o caminar marcha atrás van constituyendo su adiestramiento en el equilibrio global del cuerpo.

Curiosidad por todo lo que le rodea

Conforme el pequeño va adquiriendo cierta independencia motriz, aumentan las posibilidades de satisfacer su curiosidad, al mismo tiempo que se amplía el universo por descubrir. Su curiosidad es insaciable y a menudo puede conllevar asociados algunos peligros. Sin embargo, una vez establecidos los límites que impone el riesgo, fomentar su curiosidad y ayudar a canalizarla facilitará su desarrollo. Esta misma curiosidad hará que más adelante el niño se interese por los números, las letras, el conocimiento en general.

Este deseo por satisfacer la curiosidad va íntimamente ligado con sus ansias de libertad. El niño de un año reclama ya las excursiones fuera del parque. A partir del año y medio, y conforme sus pasos se consolidan, se siente más fuerte y más preparado para las escapadas. Al pequeño le encanta escabullirse del control del adulto, que le persigan… y tolera cada vez peor que le contradigan, tanto las personas como los objetos. Una pieza que no se suelta o un cuento que no se abre por donde él quiere pueden encender su cólera.

El deseo de tocar y las frustraciones (canalizadas la mayor parte en berrinches) expresan muy bien esa lucha por la autonomía que no ha hecho más que comenzar.

La adquisición del lenguaje

Niña de un añoConstituye uno de los retos más Importantes de este segundo año de vida, pero todavía habrá de pasar un tiempo para que sea capaz de comunicarse y relacionarse con el entorno a través de la palabra. No todos los niños desarrollan sus habilidades lingüísticas al mismo ritmo; pero a esta edad, aunque su capacidad para expresarse verbalmente sea limitada, sabrán comunicarse, comprenden lo que se les dice y obedecen órdenes sencillas.

Lo Importante es respetar su evolución y fomentar su aprendizaje hablándoles y dándoles un modelo correcto. Al niño de un año le encanta imitar y de la imitación surgirán sus primeras palabras, aunque al principio no sea capaz de reproducirlas correctamente. Pero sólo es cuestión de tiempo, siempre y cuando el modelo sea el adecuado.

Los adultos nunca deben convertir las palabras del niño en un idioma sui géneris del hogar, que a la larga puede repercutir en un retraso en la adquisición de un lenguaje óptimo.

Entre los quince y los diecisiete meses su léxico aumenta, y su vocabulario posee de diez a veinte palabras. Es la época de las palabras-frase, en la que una sola palabra puede tener numerosos significados según el contexto y la forma en que las pronuncia. Más adelante el bebé será capaz de construir frases de dos o tres palabras y de asociar más de un concepto. Es entonces cuando aprende a decir «no», palabra que se convertirá en el epicentro de buena parte de sus manifestaciones verbales. Paralelamente se amplía también su capacidad de comprensión y ante peticiones u órdenes sencillas responderá con acciones concretas.

El círculo de relaciones se amplía

Conforme pasa el tiempo y aumenta la independencia del niño, el círculo de sus relaciones se amplía, sobre todo si acude a la guardería.

De todas formas, el pequeño sigue llevándose mejor con los mayores y estas preferencias continuarán firmes durante un tiempo. La observación detenida de un grupo de niños en un parque permite calibrar hasta qué punto la armonía brilla por su ausencia en el contacto con sus coetáneos: pueden darse un abrazo y, al cabo de un minuto, pegarse o pelearse por el mismo juguete. Poco a poco, y sobre todo si la convivencia con otros niños de su edad se convierte en una costumbre cotidiana, el niño aprenderá a jugar con los demás, aunque por el momento la relación se limite a jugar a su lado.

Respecto a la familia, la relación afectiva con los padres seguirá siendo la más importante y continuará potenciándose. Evidentemente depende de ellos para satisfacer buena parte de sus necesidades básicas pero también se permite el lujo de protestar. Aunque en esta época tolera mejor las separaciones temporales, sigue reclamando a menudo la atención de sus padres, en especial de la madre. Será cuando esté enfermo, cuando más exija el contacto materno. La madre le calma, le acaricia, entiende su malestar…

En cambio, en los momentos en que derrocha salud buscará también al padre para compartir con él sus juegos. En esta época el contacto con los abuelos también empieza a ser gratificante. Los abuelos, por regla general, son más tolerantes con ciertos temas. Libres de la responsabilidad de «educar», en sentido estricto, están abiertos a una relación más atractiva y esto es percibido inmediatamente por los pequeños. Asimismo, si hay hermanos, la relación también se potencia, ya que encuentran en ellos un compañero para sus juegos, siempre que la edad del otro lo permita. Lo ideal para ellos es que sea un año o año y medio mayor.

De la cuna a la cama

El traslado de la cuna a la cama dependerá del tamaño del niño y de la necesidad de preservarlo de los peligros que conlleva su mayor movilidad e independencia (si hace intentonas de saltar por encima de la barandilla o ya ha saltado…). Se ha de procurar que coincida con una etapa tranquila, sin otros cambios importantes en su vida, y convencerle de que él ya es mayor para seguir durmiendo en la cuna como un paso más en su evolución. Los psicólogos recomiendan que el cambio se realice alrededor de los dos años y medio o tres, cuando el pequeño ya controla sus esfínteres.

No, no y no

El “no” es indisociable del niño de un año, como el «¿por qué?» lo es del niño de tres. Esta etapa es esencial para que el pequeño afiance su independencia y autonomía y para reforzar su personalidad. Esa tendencia a la oposición ha de ser llevada por los padres con cierta relatividad. Comprobar cómo un ser tan pequeño puede comportarse de forma tan obstinada, y sin entrar en razones porque no las tiene todavía objetivadas, puede llegar a poner muy nervioso a cualquiera. Corresponde a los padres hacer alarde de prudencia y mucha paciencia. Al cabo de veinticuatro meses, esta actitud desafiante e irracional se diluirá en una balsa de aceite: a partir de los dos años, la capacidad de conversar se hace más evidente y hasta empiezan a cultivar el sentido del humor

Menos horas para dormir

Niña durmiendo con ositoAl año y medio -entre los quince y los diecisiete meses-, es normal que el pequeño ya haya abandonado sus siestas matutinas, aunque las de las tarde continuarán hasta que comience la etapa preescolar, más o menos a los tres o incluso a los cuatro años. Hasta esta edad los progresos son continuos, y todos estos cambios pueden perturbar sus noches. Para que duerma bien habrá que seguir respetando un cierto ritual, aunque ya más adaptado a las nuevas condiciones. Aunque abandonen la siesta de la mañana, queda la tarde, ya que dormir seguirá siendo bastante imprescindible hasta la edad de tres o cuatro años. La duración de la siesta dependerá de las características del niño y de cuánto haya dormido por la noche. Lo importante es que se despierte por sí mismo, espontáneamente, Por regla general, el niño de un año duerme una media de catorce horas incluyendo la siesta, pero las excepciones también son abundantes.

Manzanilla, melisa…

salut-infantil-29b-flores-margaritasLa mayoría de los problemas de nerviosismo e intranquilidad que se presentan en los bebés responden generalmente a trastornos de origen digestivo. Hay que tener en cuenta que sus enzimas digestivos no están todavía maduros -sobre todo cuando se trata de acostumbrarse a la leche llamada artificial, cuya digestión es más lenta que la de la leche materna-, lo que puede traducirse en gases y malas digestiones que les incomodan.

Uno de esos trastornos es el denominado cólico del lactante, un problema puntual de los primeros meses sobre el que los expertos manifiestan divergencias: algunos lo atribuyen a la mala digestión, otros al miedo a enfrentarse a la oscuridad. Lo cierto es que muchos pequeños lloran y doblan las piernas contra la barriga cuando la luz diurna comienza a decaer. En estos casos puede ser aconsejable la utilización de ciertas hierbas naturales, como la manzanilla, la melisa o el anís verde, con suaves propiedades tranquilizantes y que facilitan la digestión y expulsión de los gases. Existen preparados instantáneos específicamente para lactantes.

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